¿Víctimas o Protagonistas ?

Extraído de un libro de Fredy Kofman, publicado en tecnoeduca.uap.edu.ar por Julio Sotelo.

Si tengo un libro en la mano y lo suelto, éste se cae al piso, ¿por qué? Respuesta verdadera: por la fuerza de gravedad.

Sin embargo, si quisiera impedir que el libro caiga al piso, ¿intentaría anular la fuerza de gravedad? Por supuesto que no, ésa es una solución absurda al problema: simplemente me abstendría de soltarlo, pues reconozco que esto también causa la caída.

Pero entonces la verdadera explicación de la caída del libro no involucra una variable sino dos: la fuerza de gravedad y el hecho que lo suelte. Siendo que ambas explicaciones son verdaderas en términos de su efecto causal, cada una de ellas será falsa si se la propone como la única causa del fenómeno. Ahora bien, si ambas explicaciones son verdaderas, ¿cuál es el criterio para elegir entre una y otra?

El criterio a utilizar, permite distinguir entre víctimas y protagonistas. Mientras que la víctima se concentra en las variables exógenas fuera de su control y se ve como un sujeto pasivo sobre el que actúan las fuerzas de la fatalidad (la fuerza de gravedad en el ejemplo anterior), el protagonista se concentra en las variables endógenas (acciones que puede emprender para responder a las circunstancias) y se ve como ente activo, capaz de forjar su destino.

Cuando alguien llega tarde a una reunión y se le pregunta qué le sucedió, lo más probable es que responda algo como: “No sabés el tráfico que había! Esta ciudad es imposible!”. ¿Cuál es la variable explicativa?: “el tráfico”. Por lo tanto, ¿quién es el responsable?: “la ciudad”. En consecuencia, ¿quién debe cambiar de conducta para que la persona llegue a tiempo?: “los otros conductores que ocupan las calles”.

En cierto sentido, la explicación es “verdadera”: es cierto que si no hubiera tráfico la persona hubiera llegado a tiempo a la reunión. Pero lo que hay que notar es que esta explicación también es debilitante: a menos que los demás (sobre los que el individuo no tiene ninguna influencia) modifiquen su comportamiento, la persona seguirá llegando tarde una y otra vez.

El paso más importante para el aprendizaje y el crecimiento personal es la asunción de responsabilidad frente a las circunstancias. Esto no implica negar las circunstancias externas (que son reales, pero no podemos manejar) sino enfocarse proactivamente en los elementos endógenos sobre los que sí se puede influir. Enfocarse en el tráfico y la ciudad genera sensación de impotencia, pero enfocarse en las decisiones personales que pueden tomarse para sortear esa dificultad, genera la posibilidad de perfeccionarse y una sensación de poder. Entonces ¿qué debemos hacer para salir de la impotencia? El precio del poder es la responsabilidad.

Los niños suelen decir: “Papi, el juguete se rompió”, “la pizza se cayó en la alfombra”, “se perdieron los guantes!”. Los niños utilizan este lenguaje de irresponsabilidad e inocencia absoluta porque para ellos es más fácil echarle la culpa al juguete, a la pizza y a los guantes, que reconocer que tuvieron algo que ver con la producción del resultado no deseado. Temen asumir las consecuencias.

Un padre encuentra a uno de sus hijos golpeando a su hermana. Interrogado por la razón para golpearla contesta: “Es que ella me hizo burlas!!!”. Esta respuesta implica: “es ella la responsable de que yo le esté pegando: yo soy simplemente un mecanismo que responde automáticamente (sin posibilidad de decisión ni elección) a sus burlas”.

Muchos adultos utilizan el lenguaje de la inocencia o la irresponsabilidad y la filosofía de la víctima, pensando y contando su historia de manera que los acontecimientos se desencadenan sin ningún responsable o, si lo hay, es siempre otro y nunca él mismo. Si queremos dejar de ser infantiles debemos cambiar nuestra actitud mental hacia el protagonismo.

El relato de la víctima y el protagonista, es justamente eso: un relato. Toda situación admite ambas versiones y puede contarse desde la víctima (un inocente enfocado en las circunstancias externas) o desde el protagonista (alguien responsable enfocado en las variables endógenas). La decisión más importante que debiéramos tomar en todo momento, es cómo contar y contarnos la historia de nuestra vida.

Hablar en primera persona, implica que uno abandona el papel de inocente (que no tuvo la responsabilidad de absolutamente nada) y se coloca en el papel de protagonista: “perdí los guantes”, “tiré la pizza en la alfombra”, “rompí el juguete” serían versiones maduras de las frases infantiles. Y lo importante es que, al asumir la responsabilidad, en lugar de explicaciones debilitantes podemos encontrar y elegir explicaciones generativas, que iluminan posibilidades factibles de perfeccionamiento. Entonces ¿qué debemos hacer para dejar de ser víctimas? Para asumir la responsabilidad es necesario renunciar a toda pretensión de inocencia, es decir, toda pretensión de que uno no tiene nada que ver.

Si el precio del poder es la responsabilidad, el precio de la responsabilidad es renunciar a la pretensión de inocencia: para ser protagonistas hay que madurar, para madurar hay que dejar de ser infantiles y para eso hay que dejar de ser inocentes. Una de las mejores medidas de madurez frente a las condiciones que plantea la vida es desarrollar la capacidad de hacerse responsable de manera incondicional. Siempre y en cualquier circunstancia, renunciar a la inocencia (al "yo no tengo nada que ver"), hacerse responsable y enfocarse en factores endógenos, generadores de nuevas posibilidades a nuestro alcance.

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